I
¿Es que ya nunca me hablarán tus ademanes
y han de seguir desiertas para mí las calles más allá de la verja?
II
¿A dónde estás?
Planta reciente removida en las raíces...
Arbusto que no sabemos si llegó o llegará a ser árbol...
Porque un día un instinto poderoso comenzó a aferrarme a un mundo
/desde entonces lleno de sol y de luna en cuarto creciente
pregunto ¿adónde estás?...
¿O es que estás al lado mío y yo no puedo verte?
Tengo miedo a la duda, y más miedo tengo a que un día me venga a buscar la verdad.
Tengo miedo al encuentro, si es que hay un encuentro.
A que mis rasgos ya no te digan nada,
a que vivan tus células y no tu inteligencia.
Maldita sea mi comida y el calor de mi casa.
Maldita sea mi memoria aunque sería inútil arrancármela.
Y los recuerdos que me ensombrecen la alegría del parque en las siestas
de invierno a los atardeceres de verano.
maldito sea el sol, porque no sé si te entibia.
Y el viento.
Y las horas que paso tratando de percibir adonde yace tu sonrisa, si es
/que aún hay una sonrisa.
Y el trigo, que no sé si te alimenta.
Y la lluvia porque no moja tu cara y si se mete entre las piedras
y te llega maldecida,
si es que estás entre las piedras...
Maldita sea si es que tiene que hundirse en el barro para llegar a tus huesos
¡esos huesos tuyos que no sé dónde están!
Oh Dios, aquél atardecer
en que empecé a contar los segundos...
III
Y el día antes
¡tan sólo el día antes!...
Te veía correr por esas calles sobresaltándote de su propia primavera.
Y erguirse tu imagen sobre la línea del horizonte.
Y alentarte la ilusión de una luciérnaga,
en el jardín
todas las noches.
Y querer escribir tu nombre con carbones encendidos mientras
/te deslumbraba el brillo de la antorcha desde las cuatro puntas de sus estrellas,
acá,
donde la tierra para nosotros aún no había dejado de hincharse en trigo.
IV
Le tengo miedo al miedo que me devoran las células y debilita mis huesos,
/y me insufla un aire enrarecido y va horadándome
desde ese atardecer en que empecé a contar los segundos...
Tengo miedo a esa ilusión que se empeña en vivir,
a esa realidad que me rodea inexorable aunque mi fe sea todavía de aquella
/que mueve las montañas.
Tengo miedo al fluir de tu mente lejos de mí,
tengo miedo al fluir de tu mente,
sí,
porque no sé si fluye o se ha estancado.
La esperanza es inmensa como la distancia entre los astros,
pero se va empañando en el atardecer de cada día estéril
y en la ola que jadea su agonía contra las rocas.
Y ya no adorna ,mi experiencia tus vivencias nuevas,
y no me nutro de tu ímpetu,
arbusto de la incógnita...
planta de la raíz tempranamente retorcida...
Recuerdo...
aquella vez el viento golpeó mi ventana para traerme el mensaje que resonó en mi médula.
El vaso rebalsó
con una gota de presentimiento.
Luciérnaga de la ilusión ilusionada...
arbusto de la incógnita inexorable como tu destino y el mío.
Porque un atardecer yo empecé a contar los segundos pregunto dónde estás.
¿O es que estás al lado mío
y yo no pudo verte?
La esperanza es inmensa como la distancia entre las almas enemigas
pero se va quebrando en la carencia del beso de cada mañana
o de la caricia nocturna en el cabello desparramado sobre la almohada.
Pero el beso se disipa en el aire, y nace otro.
Dolor de viento. Y sol. Y calle que recorro. Y canto de la multitud
/que tanto te gustaba.
Y ahora para mí la multitud se mueve llena de tentáculos.
Son átomos vivientes. Y dolientes.
Que se retuercen.
Y no sé donde estás.
No se hasta cuando he de seguir gritando en búsqueda de aquél mundo
/mío lleno de sol y de luna en cuarto creciente.
Y aquél instinto poderoso es una sombra.
Y cada noche agoniza la ilusión de la luciérnaga.
Miedo de no encontrarte. Y otro miedo,
el miedo de encontrarte.
Y no sé donde estás,
si he de seguir gritando entre las avenidas de cemento
o han de seguir desiertas para mí las calles.
Árbol...¿talado?
Planta...¿definitivamente retorcida?
Pregunto por tu cabeza apoyada
¿dónde?
¿Es que ya nunca me hablarán tus ademanes
y han de seguir desiertas para mí las calles más allá de la verja?
II
¿A dónde estás?
Planta reciente removida en las raíces...
Arbusto que no sabemos si llegó o llegará a ser árbol...
Porque un día un instinto poderoso comenzó a aferrarme a un mundo
/desde entonces lleno de sol y de luna en cuarto creciente
pregunto ¿adónde estás?...
¿O es que estás al lado mío y yo no puedo verte?
Tengo miedo a la duda, y más miedo tengo a que un día me venga a buscar la verdad.
Tengo miedo al encuentro, si es que hay un encuentro.
A que mis rasgos ya no te digan nada,
a que vivan tus células y no tu inteligencia.
Maldita sea mi comida y el calor de mi casa.
Maldita sea mi memoria aunque sería inútil arrancármela.
Y los recuerdos que me ensombrecen la alegría del parque en las siestas
de invierno a los atardeceres de verano.
maldito sea el sol, porque no sé si te entibia.
Y el viento.
Y las horas que paso tratando de percibir adonde yace tu sonrisa, si es
/que aún hay una sonrisa.
Y el trigo, que no sé si te alimenta.
Y la lluvia porque no moja tu cara y si se mete entre las piedras
y te llega maldecida,
si es que estás entre las piedras...
Maldita sea si es que tiene que hundirse en el barro para llegar a tus huesos
¡esos huesos tuyos que no sé dónde están!
Oh Dios, aquél atardecer
en que empecé a contar los segundos...
III
Y el día antes
¡tan sólo el día antes!...
Te veía correr por esas calles sobresaltándote de su propia primavera.
Y erguirse tu imagen sobre la línea del horizonte.
Y alentarte la ilusión de una luciérnaga,
en el jardín
todas las noches.
Y querer escribir tu nombre con carbones encendidos mientras
/te deslumbraba el brillo de la antorcha desde las cuatro puntas de sus estrellas,
acá,
donde la tierra para nosotros aún no había dejado de hincharse en trigo.
IV
Le tengo miedo al miedo que me devoran las células y debilita mis huesos,
/y me insufla un aire enrarecido y va horadándome
desde ese atardecer en que empecé a contar los segundos...
Tengo miedo a esa ilusión que se empeña en vivir,
a esa realidad que me rodea inexorable aunque mi fe sea todavía de aquella
/que mueve las montañas.
Tengo miedo al fluir de tu mente lejos de mí,
tengo miedo al fluir de tu mente,
sí,
porque no sé si fluye o se ha estancado.
La esperanza es inmensa como la distancia entre los astros,
pero se va empañando en el atardecer de cada día estéril
y en la ola que jadea su agonía contra las rocas.
Y ya no adorna ,mi experiencia tus vivencias nuevas,
y no me nutro de tu ímpetu,
arbusto de la incógnita...
planta de la raíz tempranamente retorcida...
Recuerdo...
aquella vez el viento golpeó mi ventana para traerme el mensaje que resonó en mi médula.
El vaso rebalsó
con una gota de presentimiento.
Luciérnaga de la ilusión ilusionada...
arbusto de la incógnita inexorable como tu destino y el mío.
Porque un atardecer yo empecé a contar los segundos pregunto dónde estás.
¿O es que estás al lado mío
y yo no pudo verte?
La esperanza es inmensa como la distancia entre las almas enemigas
pero se va quebrando en la carencia del beso de cada mañana
o de la caricia nocturna en el cabello desparramado sobre la almohada.
Pero el beso se disipa en el aire, y nace otro.
Dolor de viento. Y sol. Y calle que recorro. Y canto de la multitud
/que tanto te gustaba.
Y ahora para mí la multitud se mueve llena de tentáculos.
Son átomos vivientes. Y dolientes.
Que se retuercen.
Y no sé donde estás.
No se hasta cuando he de seguir gritando en búsqueda de aquél mundo
/mío lleno de sol y de luna en cuarto creciente.
Y aquél instinto poderoso es una sombra.
Y cada noche agoniza la ilusión de la luciérnaga.
Miedo de no encontrarte. Y otro miedo,
el miedo de encontrarte.
Y no sé donde estás,
si he de seguir gritando entre las avenidas de cemento
o han de seguir desiertas para mí las calles.
Árbol...¿talado?
Planta...¿definitivamente retorcida?
Pregunto por tu cabeza apoyada
¿dónde?

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