I
Sobre tu frente se cernió la noche, amenazándote de rocío
cuando no concebías la oscuridad del túnel
y desde la cúspide mirabas todos los reinos alrededor.
II
Jilguero de la elegía encantadora,
niño Jesús en medio de los pastores...
un día preparaste el equipaje para el viaje infinito
y ya atravesabas las fronteras del país sin fronteras
cuando el final de tu camino era recién principio.
La sirena del barco que buscaba lejanísimo puerto.
La sirena del barco extranjero,
tan extranjero
que no era de este mundo.
¡Y emprendías el camino hacia la otra pendiente de la montaña
cuando el final de ese camino era recién principio!...
III
Iñigo chiquitito...
¿tal vez acaso fuera tu destino
el cortarte las venas y volcársete el néctar
IV
Lucha de hierro el momento
en que cruzabas el océano para dormir en la antípoda
aunque el espíritu de pie
como un soldado convencido
de la justicia de su causa.
V
Y un erizárseme de la piel.
Y un girar de los ojos enloquecidos cuando se te
/arrancaba de este suelo...
donde mis increíbles facciones exasperadas tropezaron de golpe
/con el vacío
Sacrilegio de huir tu sonrisa de esta vida llena de vida
la quietud del cuchillo de silencio entre los labios de la ciencia
aquel instante en que mi horror se levantó en un fogonazo.
La llama ascendió al cielo. Dios todo lo vio. Y pareció callar.
Sobre tu frente se cernió la noche, amenazándote de rocío
cuando no concebías la oscuridad del túnel
y desde la cúspide mirabas todos los reinos alrededor.
II
Jilguero de la elegía encantadora,
niño Jesús en medio de los pastores...
un día preparaste el equipaje para el viaje infinito
y ya atravesabas las fronteras del país sin fronteras
cuando el final de tu camino era recién principio.
La sirena del barco que buscaba lejanísimo puerto.
La sirena del barco extranjero,
tan extranjero
que no era de este mundo.
¡Y emprendías el camino hacia la otra pendiente de la montaña
cuando el final de ese camino era recién principio!...
III
Iñigo chiquitito...
¿tal vez acaso fuera tu destino
el cortarte las venas y volcársete el néctar
IV
Lucha de hierro el momento
en que cruzabas el océano para dormir en la antípoda
aunque el espíritu de pie
como un soldado convencido
de la justicia de su causa.
V
Y un erizárseme de la piel.
Y un girar de los ojos enloquecidos cuando se te
/arrancaba de este suelo...
donde mis increíbles facciones exasperadas tropezaron de golpe
/con el vacío
Sacrilegio de huir tu sonrisa de esta vida llena de vida
la quietud del cuchillo de silencio entre los labios de la ciencia
aquel instante en que mi horror se levantó en un fogonazo.
La llama ascendió al cielo. Dios todo lo vio. Y pareció callar.

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